Violencia de género: la importancia de los programas de intervención para agresores

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Foto original por Dashu83 / Freepik

Es indiscutible que la violencia de género afecta a la salud tanto física como psíquica de las mujeres maltratadas, y que por lo tanto se les debe proporcionar tratamiento a distintos niveles (Amor, Echeburúa, Corral, Zubizarreta y Sarasua, 2002; Fernández-Montalvo y Echeburúa, 2008). Pero también es cierto que resulta de extrema necesidad estudiar el perfil psicológico del agresor, para así poder elaborar programas preventivos y de intervención adecuados, ya que si no existe ningún tratamiento y, a pesar de que este ingrese en prisión, la probabilidad de que repita el comportamiento violento es muy elevada (Boira, 2010).

¿Cuál es el perfil del agresor?

En los últimos años, se ha producido un aumento de las investigaciones relacionadas con los hombres que agreden física y/o psicológicamente a la mujer, desarrollando así perfiles más precisos de los mismos.

Quinteros y Carbajosa (2008) describen algunas características generales que definen al agresor, en función de cuatro dimensiones: 1) comportamiento: deseabilidad social, falta de control de impulsos, repetición de la violencia con otras parejas y abuso de sustancias; 2) cognición: distorsiones cognitivas sobre la mujer, rigidez cognitiva, mecanismos de defensa en relación al comportamiento violento y rumiación del pensamiento; 3) emoción: baja autoestima, restricción emocional, baja empatía, dependencia, inseguridad, celos, baja tolerancia a la frustración e ira; 4) interacción: aislamiento social, conductas controladoras, déficit en las habilidades de comunicación e inhabilidad para resolver conflictos de forma no violenta.

Teniendo en cuenta que no existe un perfil único de hombre que agrede a la mujer, algunos autores han creado grupos de agresores en función de ciertas características comunes, para así diferenciar factores de riesgo y de respuesta al tratamiento. Aunque ninguna de las clasificaciones propuestas se puede considerar actualmente como definitiva, la que mayor apoyo ha recibido ha sido la de Holtzworth-Munroe y Stuart (1994) (Boira y Carbajosa, 2017). Estos autores clasificaron a los agresores en función de tres características: 1) la intensidad y frecuencia de la violencia del agresor en la relación de pareja; 2) la generalidad de la violencia (solo hacia la pareja o también hacia otras personas); y 3) el nivel de psicopatología. A partir de estas características, se establece la existencia de tres tipos de agresores: 1) violentos sólo con la pareja (50% de los agresores); 2) emocionalmente inestables (25% de los agresores); y 3) generalmente violentos y antisociales (25% de los agresores).

Los agresores no presentan habitualmente trastornos mentales, sino que son plenamente conscientes de sus actos. Pero en algunos casos, sobre todo en aquellos agresores que se encuentran en prisión, pueden observarse rasgos de los siguientes trastornos de la personalidad (Fernández-Montalvo y Echeburúa, 2008; Pérez y Montalvo, 2011): a) trastorno obsesivo-compulsivo de la personalidad; b) trastorno dependiente de la personalidad; c) trastorno paranoide de la personalidad; d) trastorno límite de la personalidad; e) trastorno narcisista de la personalidad; y f) trastorno antisocial de la personalidad.

¿Qué programas de intervención se emplean en España con los agresores?

Desde el año 2010 se emplea en España el programa Marco de intervención, para los programas desarrollados en el interior de las prisiones: el Programa de Intervención para Agresores (PRIA), y recientemente se ha realizado una adaptación del PRIA para su aplicación en el contexto de Medidas Penales Alternativas: el Programa de Intervención para Agresores en Medidas Penales Alternativas (PRIA-MA).

Por lo tanto, actualmente existen en España dos tipos de aplicación de estos programas: voluntarios sin condicionamiento legal y para personas condenadas por violencia de género. En el primer caso, los programas son ofrecidos por Comunidades Autónomas, Ayuntamientos, ONGs y servicios de salud. En el segundo caso, cuando la persona está condenada por violencia de género, los programas se gestionan desde Instituciones Pen-itenciarias y existen dos posibilidades: o bien realizar un programa en el interior de la prisión, o bien en libertad con condicionamiento judicial en los Servicios de Gestión de Penas y Medidas Alternativas (SGPMA). Debido al aumento de hombres denunciados por este tipo de violencia (26987 en 2014, frente a 27562 en 2015; INE, 2016), la modalidad obligatoria es la más empleada (Boira y Carbajosa, 2017).

¿Son efectivos estos programas de tratamiento?

Lo cierto es que los programas para agresores en España han sido evaluados en los tres contextos de intervención, y todos muestran cambios positivos en los mismos: 1) programas voluntarios en comunidad: los estudios revelan que los agresores  experimentan un aumento de la empatía y de la autoestima, una corrección de las distorsiones cognitivas y una disminución de los síntomas psicopatológicos, tras la intervención (Echeburúa, Sarasua, Zubizarreta y Corral, 2009); 2) programas en prisiones: las investigaciones constatan que el tratamiento resulta eficaz para la modificación de los sesgos cognitivos de los agresores, tanto sobre la inferioridad de la mujer como sobre la violencia empleada para afrontar los problemas cotidianos. Asimismo, los estudios muestran que los sujetos tratados experimentan una reducción de los síntomas psicopatológicos, de la impulsividad y de la ira, así como un aumento de la autoestima (Echeburúa y Fernández-Montalvo, 2009); y 3) programas en Medidas Penales Alternativas: los estudios revelan que tras la intervención, los agresores tratados manifiestan menores niveles de actitudes sexistas, menos celos, menos conflictos de pareja, menores niveles de ira y un mejor control y expresión de esta, menor hostilidad, menor abuso emocional sobre la pareja, asunción de la responsabilidad de los hechos delictivos cometidos y mayor empatía (Pérez, Giménez-Salinas y Espinosa, 2011).

Conclusiones

A través de los programas de tratamiento para agresores, se busca la rehabilitación y la reducción del riesgo de reincidencia de estos, para que la violencia no se repita en el futuro. Existen múltiples razones que justifican la intervención (Echeburúa, Del Corral, Fernández-Montalvo y Amor, 2004): 1) la Constitución Española y la Ley General Penitenciaria, establecen que las penas tienen una función de reeducación y reinserción social del infractor; 2) la posibilidad de que la mujer continúe la relación con el agresor, implica que si sólo se trata a la víctima, esta continúa en una situación de riesgo; 3) los programas de intervención pueden impedir que la violencia se extienda a otros miembros del hogar, fundamentalmente a los hijos; y 4) si el hombre tras una separación vuelve a encontrar pareja, es muy posible que la conducta de malos tratos vuelva a repetirse si no se lleva a cabo algún tipo de intervención con el mismo. Todos estos son argumentos más que suficientes, para justificar la necesidad de realizar tratamientos con los agresores.

No se debe olvidar, que atendiendo a las graves consecuencias que tiene que un agresor no se rehabilite, abandone un programa y vuelva a reincidir en su comportamiento violento, todos los esfuerzos son pocos para mejorar la efectividad de los programas de tratamiento para agresores (Boira y Carbajosa, 2017).

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Referencias

Amor, P. J., Echeburúa, E., Corral, P., Zubizarreta, I. & Sarasua, B. (2002). Repercusiones psicopatológicas de la violencia doméstica en la mujer en función de las circunstancias del maltrato. International Journal of Clinical and Health Psychology, 2(2), 227-246.

Boira, S. (2010). Hombres maltratadores. Historias de violencia masculina. Zaragoza: Prensas Universitarias de Zaragoza.

Boira, S. & Carbajosa, P. (2017). Tratamiento grupal de los hombres condenados por un delito de violencia de género. Formación Continuada a Distancia (FOCAD). Consejo General de la Psicología de España.

Echeburúa, E., Del Corral, P., Fernández-Montalvo, J. & Amor, P. J. (2004). ¿Se puede y debe tratar psicológicamente a los hombres violentos contra la pareja? Papeles del psicólogo, 25(88), 10-18.

Echeburúa, E. & Fernández-Montalvo, J. (2009). Evaluación de un programa de trata-miento en prisión de hombres condenados por violencia grave contra la pareja. Interna-tional Journal of Clinical and Health Psychology, 9(1), 5-20.

Echeburúa, E., Sarasua, B., Zubizarreta, I. & Corral, P. (2009). Evaluación de la eficacia de un tratamiento cognitivo-conductual para hombres violentos contra la pareja en un marco comunitario: una experiencia de 10 años (1997- 2007). Internacional Journal of Clinical and Health Psychology, 9(2), 199-217.

Fernández-Montalvo, J. & Echeburúa, E. (2008). Trastornos de personalidad y psico-patía en hombres condenados por violencia grave contra la pareja. Psicothema, 20(2), 193-198.

Holtzworth-Munroe, A. & Stuart, G. L. (1994). Typologies of male batterers: Three subtypes and the differences among them. Psychological Bulletin, 116(3), 476-497.

Instituto Nacional de Estadística, INE (2016). Estadística de violencia doméstica y vio-lencia de género. Madrid: Instituto Nacional de Estadística.

Pérez, M., Giménez-Salinas, A. & Espinosa, M. J. (2011). Evaluación del programa Violencia de Género: Programa de intervención para agresores en medidas alternativas. Madrid: Ministerio del Interior.

Pérez, J. M. & Montalvo, A. (2011). Violencia de Género. Prevención, detección y atención. Madrid: Grupo 5 Acción y Gestión Social.

Quinteros, A. & Carbajosa, P. (2008). Hombres maltratadores: Tratamiento psicológico de agresores. Madrid: Grupo 5 Acción y Gestión Social.

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